«Colombianos: cumplimos el mandato del 9 de diciembre. Pasamos las páginas de la historia cambiando 1886 por 1991. Las puertas del porvenir están abiertas y a través de ellas se asoma el nuevo país. Ahora, cumplida la misión, nos toca a todos, a ustedes y a nosotros, a quienes creímos y a quienes no creyeron, construir una Colombia de la dimensión de la Constitución que hemos forjado. Un país donde vivamos con fe y pongamos con orgullo en manos de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, el mañana».
De esta manera, con sus problemas de habla por el atentado con granada del que fue víctima y que dejó más de 100 esquirlas en su cuerpo, en el Capitolio Nacional y ante millones de personas que miraban la transmisión televisada, Antonio Navarro Wolff anunció la proclama de la Constitución de 1991, el esfuerzo democrático más importante en la historia republicana de Colombia que reunió a las principales fuerzas sociales y políticas en un objetivo común: la paz, la igualdad y la dignidad, lo más parecido a la liberté, égalité y fraternité de la República Francesa.
En medio de la cruel violencia que atacó al país desde varios frentes (la rural entre guerrillas y grupos paramilitares, el exterminio contra la Unión Patriótica y la de los carteles del narcotráfico en contra del Estado), hablar de paz por la vía del diálogo era una utopía. Sin embargo, y en medio de varios periplos que marcaron la historia de Colombia, el M-19 firmó un acuerdo de paz histórico que dejó, como principal legado, la Constitución por medio de la cual funciona Colombia.

En todo ese transcurrir estuvo presente Navarro Wolff, quien en medio de múltiples fracasos de paz acentuados por crímenes como los de Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa. Tras ese escenario, era impensable ver a Navarro en la misma mesa con Álvaro Gómez Hurtado, César Gaviria (para quien trabajó siendo ministro de Salud en 1990), Horacio Serpa Uribe, Humberto de la Calle y tantos otros representantes de la aristocracia haciendo un proceso para hacer de la Constitución un documento progresista y que se proponía (y aún) una nación en paz.
Apoyó de manera abierta el proceso de paz con las antiguas Farc realizado en el gobierno de Juan Manuel Santos, fue determinante en la creación del partido Alianza Verde, fue el político con mejores afectos en Nariño, departamento del que fue gobernador, y dejó momentos memorables como su imprevista intervención en el debate presidencial de 1994. Se mantuvo al margen de la presión mediática y la polarización, y ello generó un reconocimiento de todas las orillas políticas que recordaron, luego de su muerte el 1 de noviembre, tanto su legado de paz como su vida en la insurgencia.
«(…) De manera que el problema de Colombia no es otro que el encontrar un marco de acuerdos, de pactos, que amplíen la democracia y que permitan, entonces, seguir la lucha política sin armas. Ese es el problema y ahí estamos discutiendo no si nos desmovilizamos, sino si cambiamos el tipo de movilización, (para pasar) de una movilización político-militar a una movilización solamente política», dijo en 1989 desde San José de Costa Rica, mientras buscaba apoyo internacional para el proceso de paz con el gobierno de Virgilio Barco. Su premisa se cumplió y está reflejada en la actual Constitución.

